Es muy sencillo. Si un hijo te dice “veme mamá”, tú lo ves y se acabó.
Yo tenía sólo cuatro años cuando le pedí a mi madre mirara mi lanzamiento a la alberca con pelotas de colores que había en aquel saturado salón de fiestas. Decenas de niños corrían por todas partes. Y yo le pedí a mi madre me mirara. Era muy importante que me mirara. No sé por qué, pero un niño siempre pide a sus padres lo miren y esto les es muy importante. Y si un padre mira a su hijo en las cosas que éste le pide, nada puede ir mal. El hijo no sólo se sentirá seguro y confiado, se sentirá importante para alguien, sentirá en la mirada de su progenitor esa confianza que le durará toda la vida, con la que hará felicidad en su existencia, con la que fundamentará su autoestima y entrega a la vida.
En fin que le pedí a mi madre me mirara; pero jamás me miró. Me costó ir hasta donde estaba, jalarle el saco y pedírselo. Ella dijo que sí. Y yo confié. Cuando llegué al borde de la alberca de pelotas y volteé, ella no me miraba. Le volví a gritar, ya con angustia, con esa sensación de abandono. Y ella me dijo que lo hacía, te miro carajo, te miro. Y entonces lo hice, me aventé. Y lo cierto es que no me miró. Me miró hasta que alguien fue a decirle que estaba yo sepultada entre las pelotas que ya estaban manchadas de sangre. Entonces miró. Dónde… No me veía entre las pelotas de colores. Alguien encontró mi brazo por ahí y me jaló. Me sangraba la nariz. Entonces mi madre sí que me miró. Sólo hasta entonces. Y su mirada fue de horror. Y dijo, ¡qué hiciste! Y me sacó de un brazo, y me llevó al baño y me lavó y me gritó ¡manchaste el vestido! y luego limpió la sangre y dijo, no pasó nada, todo está bien, no hay nada roto, vete, sigue jugando…
Yo me había lanzado a las pelotas sabiendo que mi madre no me miraba. Y con toda esa tristeza me arrojé. Y para colmo, un niño a quien sí veía su madre, se lanzó casi al mismo tiempo. Mi nariz chocó con su gran cabeza. Y cuando volteé a ver a mi madre, ella no me veía. Por eso hundí mi cabeza hasta el fondo de las pelotas, por la vergüenza y por esa sensación de abandono. Y fue ahí cuando supe que mi madre jamás me vería. Y así sucedió. Fui invisible para ella hasta mis 17. Mientras tanto me refugié en el anonimato y le saqué provecho a la indiferencia. Mi madre no me veía, así que podía llevar una vida autónoma, alejada de su mirada tan severamente crítica y helada.
Fue hasta mis 17 ella que volvió a verme y a gritar ¡qué hiciste! ¡Puta!, me dijo cuando se enteró de que había perdido mi virginidad. Yo había decidido volverme a lanzar a una alberca de pelotas de colores pues sabía que mi madre no me veía. Era una especie de libertad clandestina. Así que mi primera vez lo hice feliz, convencida, entusiasta. Había aprendido que con mi madre nada podría compartir. Así que ni siquiera le conté cuando tuve mi primera regla. Ella ni siquiera sabía que ya había menstruado, cómo entonces ahora resultaba que ya no era virgen. Mi madre no se había dado cuenta de que ya era una señorita desde hacía años. Pero es que mi madre no me alimentó con ninguna mirada, hasta que perdí mi virginidad. Y su mirada fue de horror. ¿Y ahora qué voy a hacer?, me dijo. Eso no puede ser posible, se repetía, soy un fracaso se volvía a decir.
Mamá, le dije, mírame, sí… ya no soy virgen, y sí tengo una relación con ese chico, es mi novio, y todo está bien, y soy feliz y quiero vivirlo… ¿me ves mamá? Ella me dijo: no volverás a ver a ese muchacho y te voy a internar en un colegio de señoritas; y no vuelves a salir a menos de que vayas con tu hermano. De ese día en adelante me sentí nuevamente como aquella niña de cuatro años: hundí mi cabeza hasta el fondo llena de vergüenza, y sentí que me sangraba la nariz de nuevo y esa sensación de desprecio y culpa. De ese día en adelante todos mis novios los tuve a escondidas.
Madre, te pedí me miraras cuando tenía cuatro años. Y no lo hiciste. Y te pedí me miraras cuando tenía 17. Y no me viste.
Hace poco, al ver que mi hijo me gritaba que lo fuera a ver cómo se echaba un clavado al agua, un amigo lo juzgó como un tirano. Por qué, le pregunté. Me dijo, porque te pide que lo mires, es ridículo, y tú quieres ir y nosotros estamos hablando cosas importantes. Mi amigo me lo dijo, así, con sus lentes de sol, con su cerveza en la mano, con su risa exagerada, su barba de tres días… Sí mi hijo me pide que lo mire es porque necesita un refuerzo de orgullo y seguridad. A ti no te vio tu madre, a mi no me vio mi madre y a ti tampoco te vio la tuya, le dije a la chica que también nos acompañaba. Por eso estamos así. Cómo, me dijeron. Así, jodidos. Me sorprendió que no me dijeran nada.
Me fui a ver a mi hijo.