I.
Entré a la habitación para recoger mi bolsa nueva de piel teñida. La sobremesa de aquella cena se había alargado. Todos se sentían borrachos. Además mi hijo me esperaba en casa, se había despertado, lloraba. La chica que me ayuda me llamó al celular, dijo: lo siento señora pero el niño está incontrolable. Busqué apurada entre varias bolsas de todos los estilos hasta hallar la mía. Fue entonces que inesperadamente alguien entró al cuarto, cerró la puerta y le echó el seguro. Me impacté al ver que quien lo hizo, ya no llevaba puesto ese menudo pantalón gris oxford con el que la anfitriona me introdujo a este individuo que ahora desconocía radicalmente. Aquella afable persona, cuya conversación en la cena se distinguía por mucho del resto, ahora estaba parada delante de mi y se había cambiado su exquisito pantalón de algodón por una falda extremadamente corta y vulgar. ¿Y tu pantalón?, le pregunté extrañada. En el baño, me dijo. Nadie me ha visto. Me encerré, me cambié y corrí por el pasillo. Todos se quedaron allá, siguen bailando, brindan, abrieron otro champagne. Nadie me ha visto, te lo juro, nadie me ha visto. Quería que tú la vieras, quería que tú me vieras con ella, con esta falda, cómo se me ve, dime la verdad, cómo se me ve. Se acercó demasiado. No supe qué responder, yo estaba atónita. Me dijo que sus piernas eran bellas y espigadas, me dijo que era talla cinco, que le gustaban mucho sus robustas caderas y que esa falda acentuaba íntegra esas líneas. Casi me obligó a decirle que se le veía bien la faldita de felpa suave. Entonces, sin pudor, se levantó su enagüilla, se acercó más a mi y me presentó sus bragas. Eran nuevas me dijo. Las compré para este día, con rayas color rojo para el amor. ¿Quieres tocarla? Qué. Mi tanga, no es poliéster, me dijo, tócala si quieres. No, por supuesto que no. Es año nuevo y yo hubiera querido andar de falda, ¿me entiendes? Hubo un silencio, una pausa donde reclamó mi comprensión, un silencio que interrumpió cuando muy seriamente tomó mis manos y me dijo susurrante algo en apariencia íntimo y substancial. Quería saber si se le vería bien. No, yo no entendí. Ven, siéntate me dijo y me sentó junto a él, sobre las bolsas de todos los estilos. Entonces, levantó su mano muy despacio y tocó el terso holán que adorna, como las olas adornan al mar, la parte baja de mi vestido. Me dijo que lo adoraba, así me lo dijo, desde que entraste lo A-DO-RÉ. También tus tacones, tu cabello, tu prendedor. Y también lo tocó, mi cabello. Se detuvo en el broche de seda guinda que finge una flor y que sostenía mi copete enrizado. No le digas a nadie, me imploró, me tomó de la cintura y me levantó. Las varoniles manos de un funcionario importante, un prestigiado ambientalista, gruesas y velludas, recorrían cada flor del estampado de mi ajustado vestido. Recorrió los tirantes bordados con lentejuelas tornasol, pasó sus manos por el abultado de mis senos y mis nalgas donde se amoldaban coquetamente las bucólicas alegorías de mi vestido. ¿Me lo vas a prestar? Yo no soy talla cinco, fue lo único que se me ocurrió decir. Quítatelo rápido aquí hay un espejo te suplico. Tengo que irme, tomé mi bolsa. Dame tu teléfono entonces, tienes que prestármelo me dijo, no te vayas y me dio un enérgico tirón de brazo. Hizo de nuevo esa pausa: no te vayas y préstamelo. Se colocó ante la puerta. Para estorbarme. Así que se lo di. No el vestido, lo que le di fue mi número de celular, sólo así me dejó salir de ahí. Como un favor, le aventé a la habitación el pantalón que había dejado en el baño.
Hasta ahora, no me ha llamado. Y mi vestido floreado, que pensaba usar hoy para el festejo de cumpleaños de mi madre (que cae justo el día de reyes), lo dejé colgado, bien planchado, en mi armario.