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muela apestosa

H i e d e   el aliento de  tu  b o ca… … ….. …..  ….. …… …… …. ….. … . . .

….  ….. ……. ……… …….. dices que es tu .  m u e l a …

…  ….. …………. …..  ………………  …….    n  o  …………….  …….  …    ……. ….n ……  .. …… …o  .. .   .
……………  …………… ……….. …….  …………………. …….. ………. ……. ……. es      ………………….. ……..  ……………….  ……..     ………  ….                 ………….. ………….  ………..  ………. ….. q u e ……………..

………..

y

a

…   .. . no te  a m o

..     …         .              .                  .                                     .

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Es muy sencillo. Si un hijo te dice “veme mamá”, tú lo ves y se acabó.

Yo tenía sólo  cuatro años cuando le pedí a mi madre mirara mi lanzamiento a la alberca con pelotas de colores que había en aquel saturado salón de fiestas. Decenas de niños corrían por todas partes. Y yo le pedí a mi madre me mirara. Era muy importante que me mirara. No sé por qué, pero un niño siempre pide a sus padres lo miren y esto les es muy importante. Y si un padre mira a su hijo en las cosas que éste le pide, nada puede ir mal. El hijo no sólo se sentirá seguro y confiado, se sentirá importante para alguien, sentirá en la mirada de su progenitor esa confianza que le durará toda la vida, con la que hará felicidad en su existencia, con la que fundamentará su autoestima y entrega a la vida.

En fin que le pedí a mi madre me mirara; pero jamás me miró. Me costó ir hasta donde estaba, jalarle el saco y pedírselo. Ella dijo que sí. Y yo confié. Cuando llegué al borde de la alberca de pelotas y volteé, ella no me miraba. Le volví a gritar, ya con angustia, con esa sensación de abandono. Y ella me dijo que lo hacía, te miro carajo, te miro. Y entonces lo hice, me aventé. Y lo cierto es que no me miró. Me miró hasta que alguien fue a decirle que estaba yo sepultada entre las pelotas que ya estaban manchadas de sangre. Entonces miró. Dónde… No me veía entre las pelotas de colores. Alguien encontró mi brazo por ahí y me jaló. Me sangraba la nariz. Entonces mi madre sí que me miró. Sólo hasta entonces. Y su mirada fue de horror. Y dijo, ¡qué hiciste! Y me sacó de un brazo, y me llevó al baño y me lavó y me gritó ¡manchaste el vestido! y luego limpió la sangre y dijo, no pasó nada, todo está bien, no hay nada roto, vete, sigue jugando…

Yo me había lanzado a las pelotas sabiendo que mi madre no me miraba. Y con toda esa tristeza me arrojé. Y para colmo, un niño a quien sí veía su madre, se lanzó casi al mismo tiempo. Mi nariz chocó con su gran cabeza. Y cuando volteé a ver a mi madre, ella no me veía. Por eso hundí mi cabeza hasta el fondo de las pelotas, por la vergüenza y por esa sensación de abandono. Y fue ahí cuando supe que mi madre jamás me vería. Y así sucedió. Fui invisible para ella hasta mis 17. Mientras tanto me refugié en el anonimato y le saqué provecho a la indiferencia. Mi madre no me veía, así que podía llevar una vida autónoma, alejada de su mirada tan severamente crítica y helada.

Fue hasta mis 17 ella que volvió a verme y a gritar ¡qué hiciste! ¡Puta!, me dijo cuando se enteró de que había perdido mi virginidad.  Yo había decidido volverme a lanzar a una alberca de pelotas de colores pues sabía que mi madre no me veía. Era una especie de libertad clandestina. Así que mi primera vez lo hice feliz, convencida, entusiasta. Había aprendido que con mi madre nada podría compartir. Así que ni siquiera le conté cuando tuve mi primera regla. Ella ni siquiera sabía que ya había menstruado, cómo entonces ahora resultaba que ya no era virgen. Mi madre no se había dado cuenta de que ya era una señorita desde hacía años. Pero es que mi madre no me alimentó con ninguna mirada, hasta que perdí mi virginidad. Y su mirada fue de horror. ¿Y ahora qué voy a hacer?, me dijo. Eso no puede ser posible, se repetía, soy un fracaso se volvía a decir.

Mamá, le dije, mírame, sí… ya no soy virgen, y sí tengo una relación con ese chico, es mi novio, y todo está bien, y soy feliz y quiero vivirlo… ¿me ves mamá? Ella me dijo: no volverás a ver a ese muchacho y te voy a internar en un colegio de señoritas; y no vuelves a salir a menos de que vayas con tu hermano. De ese día en adelante me sentí nuevamente como aquella niña de cuatro años: hundí mi cabeza hasta el fondo llena de vergüenza, y sentí que me sangraba la nariz de nuevo y esa sensación de desprecio y culpa. De ese día en adelante todos mis novios los tuve a escondidas.

Madre, te pedí me miraras cuando tenía cuatro años. Y no lo hiciste. Y te pedí me miraras cuando tenía 17. Y no me viste.

Hace poco, al ver que mi hijo me gritaba que lo fuera a ver cómo se echaba un clavado al agua, un amigo lo juzgó como un tirano. Por qué, le pregunté. Me dijo, porque te pide que lo mires, es ridículo, y tú quieres ir y nosotros estamos hablando cosas importantes. Mi amigo me lo dijo, así, con sus lentes de sol, con su cerveza en la mano, con su risa exagerada, su barba de tres días… Sí mi hijo me pide que lo mire es porque necesita un refuerzo de orgullo y seguridad. A ti no te vio tu madre, a mi no me vio mi madre y a ti tampoco te vio la tuya, le dije a la chica que también nos acompañaba. Por eso estamos así. Cómo, me dijeron. Así, jodidos. Me sorprendió que no me dijeran nada.

Me fui a ver a mi hijo.

La verdadera antinavidad.

Llamé a una amiga. Ella me dijo, tengo un problema te llamo más tarde. Y más tarde llamó. Y me confesó algo íntimo. Una coincidencia demasiado coincidencia. ¿La tendría planeada el dichoso destino o es que la vida puede llegar a ser tan cruel y lacerantemente irónica? La escuché en buen estado de ánimo, demasiado coherente y clara a mi gusto. En fin que ella lo sabía. Ella sabía que las cosas probablemente no se lograrían. Ella sabía que la vida da giros, y más a los 40; sabía que nada es confiable, que la realidad llega directo a la cabeza como tonel de acero caído de inalcanzables rascacielos armados de idealizaciones, imitaciones y proyecciones estúpidas de nuestra individualidad. Así que ella lo sabía, lo tenía en la mira, muy al filo del precipicio sabía que… muy probablemente su deseo se vendría abajo.

No quiero amargar a nadie que lea esto, no quisiera entristecer a nadie. Pero estoy yo sola sentada frente a mi computadora. Mi hijo se fue con su padre, mi amiga soltera se fue al cine con su exnovio y mi familia se olvidó de invitarme al recalentado. Hoy es 25 de diciembre de 2011, por cierto, fecha en que se supone todo el mundo debería de estar acompañado, pero no es mi caso como pueden notarlo. Y no es nada nuevo ni vergonzoso por cierto, que mi familia no me haya invitado al recalentado, siempre me he considerado invisible para ellos, así que ya me acostumbré y, finalmente, fui yo la que siempre fomenté mi invisibilidad. La verdad es que muchas veces prefiero estar sola con mi perra, a pasar con ellos una tarde de comparaciones intrascendentes. Si el saco aquel era más bonito que el otro, si el cuerpo de tal hermana es más esbelto ahora, si el primo sigue siendo un fracasado, si la hermana continúa pidiendo dinero, si el hermano continúa queriendo a su mujer, cómo puede con esa vieja petulante… En fin, que prefiero estar aquí. Me soy más divertida.

Retomando… pues que se me ocurre hacer una llamada a mi amiga y que ella me dice, te llamo más tarde. Y entonces, después de unas horas, llamó. ¿Todo bien querida amiga? En mi caso, la llamaba para invitarla a suplir a una compañera que vacacionaría conmigo y junto con otra gran amiga, pero que nos canceló a última hora. Las cuentas ya estaban hechas y necesitamos a ese tercer tripulante ¿quieres venir?, le dije, tú serías fantástica compañera de viaje y vamos a la playa, calor, mar. Y ella entonces me lo dijo; me lo dijo literal y al grano: amiga, ayer tuve un aborto espontáneo, he pasado todo el día en el hospital, todo el 24 en la noche estuve sangrando, abortando, una hemorragia y sentí coágulos y cosas salir. El pobre de Arturo, chico gay a quien no bien conocía, que la invitó a pasar una semana en Cuernavaca justo a pasar la navidad pues ambos son de familias ya perdidas, se chutó el inesperado numerito. Ella, mi amiga, se acababa de embarazar de un hombre que no se atreve aún a decidir entre su esposa o mi amiga (o tal vez ya se decidió por la doble vida sin decir nada). En fin que ella, mi amiga, se había embarazado de él y tenía ilusión cuando le confesó a este hombre de doble vida lo que había pasado; y él puso los ojos perdidos, se aterró y se evadió cuanto pudo hasta que entonces se atrevió a decirle a mi amiga que él no lo quería, que no quería a ese bebé y le dijo así literal y al grano: yo no lo quiero pero te apoyo en todo. Rara respuesta, indecisa, egoísta, sin embargo parecía responsable, como tal vez sea la incongruente alma de este hombre de doble vida. Finalmente era una hiriente respuesta. Y así ella dijo: pues yo lo haré. Y lo hizo: continuar el embarazo. Sin tener expectativas, sin caer en la estupidez de la ilusión amorosa ella dijo: es probable que tenga este deseo y que por eso esté aquí. Esto me lo dijo hace unos dos meses, cuando no sabiendo a qué café o restaurante ir para actualizar nuestras vidas, terminamos en una elegante cantina que se nos cruzó y tomando juguito de durazno ella me lo dijo: voy a hacerlo amiga. Su mirada, no la voy a olvidar, era la de una mujer, pero también la de un animal hermoso, una hembra vulnerable que sabe que puede ser su última oportunidad para experimentar eso que dicen que es el amor incondicional, el amor por cuidar, por arropar, por alimentar, eso que se supone es la verdadera realidad. Sin embargo, esa noche del 24, mientras todos festejaban el ajeno nacimiento del niño Jesús, mi amiga sufría un aborto.

Por supuesto necesitaba reposo y no pensaba acompañarme a mi viaje. Pero su noticia me impactó. Por una parte admiré su entereza. Por otra pensé en el desencanto de la adultez, en el peso de la realidad, en el abandono del buen destino, en lo paradójico del libre albedrío. No bien uno ha decidido algo llega el dios omnisciente a virar su dirección… ¿con motivo de qué, la idea es acaso lograr ver el infinito desde las distintas perspectivas y por eso en cuanto uno ha medio trazado un camino para encausar su infinitesimal vida, le jalan  a uno  el tapete para tropezar y volver a comenzar como en cualquier cliché de cuento sufí? ¡Bah! No entiendo nada. O un estúpido castigo al estilo cristiano, ¿la chica era una amante cuyo hijo sería un bastardo que no debía nacer? O una teoría biológica… pero mi madre tuvo hijos hasta los 47. Las mujeres ya no tienen hijos y si los tienen los tienen después de los treinta y cinco y eso si consiguen con quién y eso si no las abandonan a medio camino y eso… si ellas en verdad desean tal responsabilidad.

Como dije, no quiero amargar a nadie pues yo misma no siento amargura alguna. Al contrario, creo que disfruto estar aquí sentada sola con mi perra y mi computadora. Echando una ojeada al facebook sólo para saber que existe gente enajenada como yo y como cualquiera. Algunos, varios publican hasta diez posts en cuestión de minutos. Yo me escondo en mi invisibilidad. No estoy disponible. Cuando en realidad me encantaría estarlo… pero allá afuera, en esa vida inexistente para mi. Mi hijo, por ejemplo, está con su padre (de quien me divorcié hace 4 años), disfrutando de su inmensa, apegada y disfuncional familia paterna. Y mi hijo, que ya tiene casi siete, ya no me deja cargarlo y besarlo como cuando tenía tres. Otra: el hombre que me gustaba tantísimo tantísimo me rechazó hace unos días; y al hombre, al que yo le gustaba tanto tanto, lo rechacé también hace unos días. Por eso ahora sólo quisiera estar bajo ese sol, para que me arrope un tanto, para que me cuide y me alimente y fije mi calcio, como dicen que es el amor, como dicen que éste tendría que ser… La idea es que se adentre el sol en mis débiles huesos, que dé un poco de color a esta piel de tendencia pálida, que me saque alegres chispas en el cabello y que caliente mis friolentos pies. Esa es la idea, pues. Sin duda, esa es toda la idea.

Un caballero degenerado o un degenerado caballeroso.

¿Existirá algo así; habrá degenerados sensibles, algún degenerado bondadoso…?

El degenerado -dicen- se degeneró porque no se adaptó.

De niños acataron en exceso las reglas del buen comportamiento; probablemente fueron demasiado bondadosos, generosos. Y como no recibieron nada a cambio, pues se les retorció la moral.

Les quedan entonces esos tintes del buen comportamiento. Muy probablemente sean hasta seres nobles.

¿Se puede eso… ser noble y degenerado a la vez; un “degenerado moral”?

Cuidado. Aquí viene Silvia deja de pensar más es definitivo es un degenerado; aunque sonría te abra la portezuela y pague la cuenta con todo y la flor.

Éste es un caballero degenerado.

La mala turista.

Me sorprenden las personas capaces de tomar vuelos y vivir en otros países. En mi caso sería imposible. No creo mucho en el mundo exterior. Sin embargo, mi mundo interior, el que antes consideraba inmenso, me queda ya pequeño. Así que estoy considerando emprender un viaje. Tomar un vuelo. La cosa es que viajar implica socializar, pagar la guía turística y visitar los edificios. Y eso siempre me ha aburrido. El mundo es lo mismo aquí y allá. No me sorprende la gente rubia, ni la negra, ni la amarilla. Tampoco me sorprenden los edificios. Ni las obras de arte.  Se me complica retener la clasificación que se ha hecho sobre las civilizaciones humanas. Me resulta maniático el esfuerzo por comprender a la humanidad según el tiempo y el lugar en que vivió. No me gustan los libros de historia. Prefiero ver hacia arriba que ver hacia los lados, o que ver hacia atrás y hacia adelante. Ver el cielo desde aquí o desde allá, antes y después, me resulta más real. El cielo es cielo siempre y será el cielo así como fue cielo. Quiero tomar un vuelo. Hacer un viaje. Quiero charlar tal vez con alguien parecido a alguien pero en otro lugar parecido en mucho a este lugar. Alguien que me hable de sus costumbres, de lo que gusta de comer como lo haría alguna persona que también tiene costumbres y gusta de comer. Y tal vez en ese viaje me tomaría un té. Me sentaría y me sentiría ajena. Y entonces… tener la claridad de que ese lugar es sólo un lugar como lo es cualquiera.

I.

Entré a la habitación para recoger mi bolsa nueva de piel teñida. La sobremesa de aquella cena se había alargado. Todos se sentían borrachos. Además mi hijo me esperaba en casa, se había despertado, lloraba. La chica que me ayuda me llamó al celular, dijo: lo siento señora pero el niño está incontrolable. Busqué apurada entre varias bolsas de todos los estilos hasta hallar la mía. Fue entonces que inesperadamente alguien entró al cuarto, cerró la puerta y le echó el seguro. Me impacté al ver que quien lo hizo, ya no llevaba puesto ese menudo pantalón gris oxford con el que la anfitriona me introdujo a este individuo que ahora desconocía radicalmente. Aquella afable persona, cuya conversación en la cena se distinguía por mucho del resto, ahora estaba parada delante de mi y se había cambiado su exquisito pantalón de algodón por una falda extremadamente corta y vulgar. ¿Y tu pantalón?, le pregunté extrañada. En el baño, me dijo. Nadie me ha visto. Me encerré, me cambié y corrí por el pasillo.  Todos se quedaron allá, siguen bailando, brindan, abrieron otro champagne. Nadie me ha visto, te lo juro, nadie me ha visto. Quería que tú la vieras, quería que tú me vieras con ella, con esta falda, cómo se me ve, dime la verdad, cómo se me ve. Se acercó demasiado. No supe qué responder, yo estaba atónita. Me dijo que sus piernas eran bellas y espigadas, me dijo que era talla cinco, que le gustaban mucho sus robustas caderas y que esa falda acentuaba íntegra esas líneas. Casi me obligó a decirle que se le veía bien la faldita de felpa suave. Entonces, sin pudor, se levantó su enagüilla, se acercó más a mi y me presentó sus bragas. Eran nuevas me dijo. Las compré para este día, con rayas color rojo para el amor. ¿Quieres tocarla? Qué. Mi tanga, no es poliéster, me dijo, tócala si quieres. No, por supuesto que no. Es año nuevo y yo hubiera querido andar de falda, ¿me entiendes? Hubo un silencio, una pausa donde reclamó mi comprensión, un silencio que interrumpió cuando muy seriamente tomó mis manos y me dijo susurrante algo en apariencia íntimo y substancial. Quería saber si se le vería bien. No, yo no entendí. Ven, siéntate me dijo y me sentó junto a él, sobre las bolsas de todos los estilos. Entonces, levantó su mano muy despacio y tocó el terso holán que adorna, como las olas adornan al mar, la parte baja de mi vestido. Me dijo que lo adoraba, así me lo dijo, desde que entraste lo A-DO-RÉ. También tus tacones, tu cabello, tu prendedor. Y también lo tocó, mi cabello. Se detuvo en el broche de seda guinda que finge una flor y que sostenía mi copete enrizado. No le digas a nadie, me imploró, me tomó de la cintura y me levantó. Las varoniles manos de un funcionario importante, un prestigiado ambientalista, gruesas y velludas, recorrían cada flor del estampado de mi ajustado vestido.  Recorrió los tirantes bordados con lentejuelas tornasol, pasó sus manos por el abultado de mis senos y mis nalgas donde se amoldaban coquetamente las bucólicas alegorías de mi vestido. ¿Me lo vas a prestar? Yo no soy talla cinco, fue lo único que se me ocurrió decir. Quítatelo rápido aquí hay un espejo te suplico. Tengo que irme, tomé mi bolsa. Dame tu teléfono entonces, tienes que prestármelo me dijo, no te vayas y me dio un enérgico tirón de brazo.  Hizo de nuevo esa pausa: no te vayas y préstamelo. Se colocó ante la puerta. Para estorbarme. Así que se lo di. No el vestido, lo que le di fue mi número de celular, sólo así me dejó salir de ahí. Como un favor, le aventé a la habitación el pantalón que había dejado en el baño.

Hasta ahora, no me ha llamado. Y mi vestido floreado, que pensaba usar hoy para el festejo de cumpleaños de mi madre (que cae justo el día de reyes), lo dejé colgado, bien planchado, en mi armario.

Él me dijo que había hecho lo que le había dicho. En sueños se vio las palmas de las manos. Pero al desdoblarse en el mundo de los sueños, se horrorizó. Sus manos eran las de un simio.

Un año después, el hombre que en sueños se había visto las manos de simio, me gritó, como era su costumbre, y se fue de mi casa para no volver jamás. Esto tiene tres meses exactos. Me enfadé las primeras dos semanas y después me sentí libre y feliz, como adolescente en pleno verano. Pero luego recordé su cabello, sus enormes piernas, su risa, su manera de chiquearse cuando retozaba a mi lado, su pecho inmenso y lampiño, su manera de sacudirse el agua de la ducha, y lloré, lloré mucho.  Y es que un par de meses atrás había yo salido a escondidas de él con un tipo. Hasta la fecha no sé por qué lo hice. Lo más cercano a una explicación es que necesitaba sentir un poco de aire, salir del acoso de este hombre tosco e irracional por al menos una hora. Necesitaba saber cuánto temor había sembrado en mi, así como también necesitaba alejarme un poco de la sombra que encubría una historia que no había cerrado. La de mi exmarido. La historia a la que todavía no le encontraba un lugar pacífico para descansar dentro de mi. Necesitaba reventar para lograr concederme unos meses sin él, sin el hombre con manos de simio. Y no encontré otra manera. Y como alguien nos vio, el hombre con las manos de simio lo supo.

Fue la gota que derramó el vaso, me escribió por un mensaje a mi celular, pues a días del incidente no me quiso volver a ver. Olvidó las vacaciones juntos, los cuentos que le escribí, el masaje que tanto disfrutó, los cabellos que le corté, las caricias que le di, las bromas, la minifalda y los tacones, las margaritas, la carretera, la navidad, y la silla, la peluca y la fruta con la que alguna vez jugamos en la intimidad. NO QUIERO SABER NADA DE TI, me dijo. El hombre de las manos de simio no tenía oídos, generalmente prefería no escuchar, sólo ojos y esas manos que en sueños se aparecieron como de simio eran símbolo de su instinto, de su frágil ego siempre amenazado.

Entonces, íbamos a la fiesta de cumpleaños de una amiga cuando frenó de seco el auto  y me confrontó, te vieron cenando con un pinche pelón. Es verdad, le dije. Ni terminé la cena, me sentí incómoda al mentirte. Creí que me iba a soltar un manotazo, algo. Pero no, tomó su celular, marcó al pelón y lo amenazó de muerte. Tenía sus datos, había contratado a un jaquer que vació mis correos y redes sociales, sabía su dirección, teléfonos, agenda, soy periodista, le dijo y un periodista lo sabe todo. El pelón se asustó, colgó y jamás volvió a buscarme. Lo que no me preocupó. Entonces arrancó el auto, llegamos a la fiesta y se comportó igual que siempre. En la noche me hizo el amor igual que siempre. Pero sus manos palpitaban distinto. 

Esa sensación de temor me era ya familiar. Una vez, su mano se aferró a mi sólo por acercarme a un hombre que me interesaba por motivos laborales. En dos ocasiones, cuando comía con amigas y amigos inofensivos (gays), llegó casualmente a revisar que todo fuera bien. Si saludaba a algún compañero rubio, no sabía cómo comportarme. Los de ojo claro le causaban mayor temor. 

Pero fue a partir de esa cena con un pelón, donde apenas me terminé una ensalada, que comenzó a dejarme atrás cuando caminábamos juntos. No me compartió chocolates una vez. Otra vez no le alcanzó para mi hamburguesa. No se quedó a dormir en mi casa aquella noche que tanto reímos. Hacía llamadas sin decirme a quien.

En aquel sueño lúcido, me había contado, sus manos llegaban al suelo y con ellas se impulsaba para avanzar, no con las piernas como debía ser, sino con las manos, las gigantescas manos que no reconocía. Entonces llegó hasta un ventanal y con ellas golpeó con furia un cristal que no lo dejaba salir al verde patio que lo llamaba. Y fue cuando escuchó el iracundo gemido que lo despertó. El gemido había sido suyo.

Alguna vez, en alguna sana comida entre compañeros, se puso celoso y retó a un tipo sólo porque le pregunté por un exnovio pasajero. Le pregunté, y cómo está. Bien, me dijo. Eso bastó para que el hombre que tomaba a gusto su cerveza terminara levantado con el pecho en alto, detenido por dos amigas, destilando un ácido olor a miedo por no querer entrar a la batalla que Gibrán, mi novio, promovía. Gibrán gritó, como era su costumbre (al menos hacia mi) y, hasta a una chica que intentó defender al inocente amigo de la cerveza, le tocaron varios insultos muy hirientes. Yo quería llevarlo a su casa, pero sus gritos me asustaron y  me exigió dormir en la mía. Y durmió a mi lado, con sus dos manos firmes sobre mi.

No me volvió a contestar el teléfono, no me envió nunca un mensaje de vuelta, mi correo electrónico sigue vacío de él.

Recuerdo muy bien alguno de aquellos días en que disfrutábamos mucho dormir juntos, que Gibrán despertó muy angustiado. Qué me hiciste Silvia con tus ideas torpes, nuevamente entré a mi sueño y estaba yo recostado, de espaldas, el sol oculto entre hojas y mis manos que intentaban cubrirse de los rayos que se filtraban, eran de simio. Mis manos. Me dan miedo, me dijo.  

Yo no soy violento, me gritó una vez. Pero yo te conocí con los dientes rotos, le decía. Él tenía los dientes frontales rotos y la raíz que se le asomaba era de color morado. Deja de criticarme, me decía. Pero das miedo con los dientes rotos, tu saco que te llega al antebrazo y tu color siempre el negro. También tu corte de cabello me da miedo. Corto de arriba, largo por los lados. Tus manos tan dulces me dan miedo. Quiero que me des todo lo que le dabas a tu exmarido, gruñía. Pero no puedo, le decía, no puedo porque mi autoestima está muy mal, no tengo nada que dar, quedé vacía, enojada y él gruñía más, tengo ganas de golpearlo, por su culpa, por su culpa, gruñía y me gritaba que siguiera pues casi nos atropellaban en la avenida donde íbamos andando en bicicleta.

Me colgó el celular en cuanto escuchó mi voz. Hola, le dije a Gibrán, hola soy yo, Silvia, y fue lo único que alcancé a decir. Recibí un mensaje de su celular casi al instante, me dueles mucho, por favor no me llames. Pero yo te quiero, le respondí. No me llames. Pero no hice nada. No me llames, me haces daño, déjame sanar. Pero yo te quiero. Profundamente. Yo también. Entonces vamos a conversar. No sé conversar. Vamos a perdonarnos. Me criticas mi aspecto. Censuras mis opiniones. Me minimizas. Me mentiste. Escúchame. No estoy listo para verte. Déjame sanar. No me escribas más. No hice nada. Te amo. Escúchame.

Más tarde supe que rompió el cristal de su casa con sus manos. Y que sangraron. Silvia, Silvia, Silvia… me susurró una noche cuando tuvo el segundo sueño lúcido, estoy muy asustado, qué querrán decir mis manos, mis manos como de simio.

                                                                                                                                                                                                              (Para ti Gibrán. SOV)

La mentira únicamente existe cuando habita una realidad objetiva. Y como la realidad objetiva siempre es relativa, la mentira no existe (qué triste, tampoco la verdad).

La mentira, por lo tanto, únicamente puede existir cuando el concepto realidad es reducido a una serie de convenciones hechas de común acuerdo (la ciencia incluida), y con derecho a transformarse cada que se acerca su caducidad. La mentira entonces, es de corto alcance. En términos físicos, la mentira no tendría grandes consecuencias; en términos morales, la mentira parece inofensiva, no transgrede ningún valor universal. Esto justifica al cínico (al mentiroso).

Minitratado sobre La mentira No. 2 (El mentiroso) Próximamente…

La bestia.

Siempre es más interesante: es renegado, la estructura de su pensamiento es compleja, se tortura, ha tocado fondo y madura en forma original, necesita sobrevivir.

La bella.

No es tan bella. Se ampara en el contraste por eso busca a la bestia. Es insegura, teme el abandono. Rescatar a la bestia implica garantía afectiva. Controladora nata finge pureza y filantropía. Vanidad insaciable: personalidad deforme.

Final-final:

Bella se regodea en su falsa filantropía. Como un crío, Bestia mama la pureza, se endulza, crece, aprende, se embellece y se transforma. ¿Final feliz? Pero una bestia-bella y una bella no pueden coexistir: bestiabella ya no la necesita y bella prevé la traición; así que Bella impone deudas y castigos, por lo que, Bestia se emancipa y abandona.

Hay quienes tienen pensamiento político, y hay quienes tienen pensamiento de político.

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