Él me dijo que había hecho lo que le había dicho. En sueños se vio las palmas de las manos. Pero al desdoblarse en el mundo de los sueños, se horrorizó. Sus manos eran las de un simio.
Un año después, el hombre que en sueños se había visto las manos de simio, me gritó, como era su costumbre, y se fue de mi casa para no volver jamás. Esto tiene tres meses exactos. Me enfadé las primeras dos semanas y después me sentí libre y feliz, como adolescente en pleno verano. Pero luego recordé su cabello, sus enormes piernas, su risa, su manera de chiquearse cuando retozaba a mi lado, su pecho inmenso y lampiño, su manera de sacudirse el agua de la ducha, y lloré, lloré mucho. Y es que un par de meses atrás había yo salido a escondidas de él con un tipo. Hasta la fecha no sé por qué lo hice. Lo más cercano a una explicación es que necesitaba sentir un poco de aire, salir del acoso de este hombre tosco e irracional por al menos una hora. Necesitaba saber cuánto temor había sembrado en mi, así como también necesitaba alejarme un poco de la sombra que encubría una historia que no había cerrado. La de mi exmarido. La historia a la que todavía no le encontraba un lugar pacífico para descansar dentro de mi. Necesitaba reventar para lograr concederme unos meses sin él, sin el hombre con manos de simio. Y no encontré otra manera. Y como alguien nos vio, el hombre con las manos de simio lo supo.
Fue la gota que derramó el vaso, me escribió por un mensaje a mi celular, pues a días del incidente no me quiso volver a ver. Olvidó las vacaciones juntos, los cuentos que le escribí, el masaje que tanto disfrutó, los cabellos que le corté, las caricias que le di, las bromas, la minifalda y los tacones, las margaritas, la carretera, la navidad, y la silla, la peluca y la fruta con la que alguna vez jugamos en la intimidad. NO QUIERO SABER NADA DE TI, me dijo. El hombre de las manos de simio no tenía oídos, generalmente prefería no escuchar, sólo ojos y esas manos que en sueños se aparecieron como de simio eran símbolo de su instinto, de su frágil ego siempre amenazado.
Entonces, íbamos a la fiesta de cumpleaños de una amiga cuando frenó de seco el auto y me confrontó, te vieron cenando con un pinche pelón. Es verdad, le dije. Ni terminé la cena, me sentí incómoda al mentirte. Creí que me iba a soltar un manotazo, algo. Pero no, tomó su celular, marcó al pelón y lo amenazó de muerte. Tenía sus datos, había contratado a un jaquer que vació mis correos y redes sociales, sabía su dirección, teléfonos, agenda, soy periodista, le dijo y un periodista lo sabe todo. El pelón se asustó, colgó y jamás volvió a buscarme. Lo que no me preocupó. Entonces arrancó el auto, llegamos a la fiesta y se comportó igual que siempre. En la noche me hizo el amor igual que siempre. Pero sus manos palpitaban distinto.
Esa sensación de temor me era ya familiar. Una vez, su mano se aferró a mi sólo por acercarme a un hombre que me interesaba por motivos laborales. En dos ocasiones, cuando comía con amigas y amigos inofensivos (gays), llegó casualmente a revisar que todo fuera bien. Si saludaba a algún compañero rubio, no sabía cómo comportarme. Los de ojo claro le causaban mayor temor.
Pero fue a partir de esa cena con un pelón, donde apenas me terminé una ensalada, que comenzó a dejarme atrás cuando caminábamos juntos. No me compartió chocolates una vez. Otra vez no le alcanzó para mi hamburguesa. No se quedó a dormir en mi casa aquella noche que tanto reímos. Hacía llamadas sin decirme a quien.
En aquel sueño lúcido, me había contado, sus manos llegaban al suelo y con ellas se impulsaba para avanzar, no con las piernas como debía ser, sino con las manos, las gigantescas manos que no reconocía. Entonces llegó hasta un ventanal y con ellas golpeó con furia un cristal que no lo dejaba salir al verde patio que lo llamaba. Y fue cuando escuchó el iracundo gemido que lo despertó. El gemido había sido suyo.
Alguna vez, en alguna sana comida entre compañeros, se puso celoso y retó a un tipo sólo porque le pregunté por un exnovio pasajero. Le pregunté, y cómo está. Bien, me dijo. Eso bastó para que el hombre que tomaba a gusto su cerveza terminara levantado con el pecho en alto, detenido por dos amigas, destilando un ácido olor a miedo por no querer entrar a la batalla que Gibrán, mi novio, promovía. Gibrán gritó, como era su costumbre (al menos hacia mi) y, hasta a una chica que intentó defender al inocente amigo de la cerveza, le tocaron varios insultos muy hirientes. Yo quería llevarlo a su casa, pero sus gritos me asustaron y me exigió dormir en la mía. Y durmió a mi lado, con sus dos manos firmes sobre mi.
No me volvió a contestar el teléfono, no me envió nunca un mensaje de vuelta, mi correo electrónico sigue vacío de él.
Recuerdo muy bien alguno de aquellos días en que disfrutábamos mucho dormir juntos, que Gibrán despertó muy angustiado. Qué me hiciste Silvia con tus ideas torpes, nuevamente entré a mi sueño y estaba yo recostado, de espaldas, el sol oculto entre hojas y mis manos que intentaban cubrirse de los rayos que se filtraban, eran de simio. Mis manos. Me dan miedo, me dijo.
Yo no soy violento, me gritó una vez. Pero yo te conocí con los dientes rotos, le decía. Él tenía los dientes frontales rotos y la raíz que se le asomaba era de color morado. Deja de criticarme, me decía. Pero das miedo con los dientes rotos, tu saco que te llega al antebrazo y tu color siempre el negro. También tu corte de cabello me da miedo. Corto de arriba, largo por los lados. Tus manos tan dulces me dan miedo. Quiero que me des todo lo que le dabas a tu exmarido, gruñía. Pero no puedo, le decía, no puedo porque mi autoestima está muy mal, no tengo nada que dar, quedé vacía, enojada y él gruñía más, tengo ganas de golpearlo, por su culpa, por su culpa, gruñía y me gritaba que siguiera pues casi nos atropellaban en la avenida donde íbamos andando en bicicleta.
Me colgó el celular en cuanto escuchó mi voz. Hola, le dije a Gibrán, hola soy yo, Silvia, y fue lo único que alcancé a decir. Recibí un mensaje de su celular casi al instante, me dueles mucho, por favor no me llames. Pero yo te quiero, le respondí. No me llames. Pero no hice nada. No me llames, me haces daño, déjame sanar. Pero yo te quiero. Profundamente. Yo también. Entonces vamos a conversar. No sé conversar. Vamos a perdonarnos. Me criticas mi aspecto. Censuras mis opiniones. Me minimizas. Me mentiste. Escúchame. No estoy listo para verte. Déjame sanar. No me escribas más. No hice nada. Te amo. Escúchame.
Más tarde supe que rompió el cristal de su casa con sus manos. Y que sangraron. Silvia, Silvia, Silvia… me susurró una noche cuando tuvo el segundo sueño lúcido, estoy muy asustado, qué querrán decir mis manos, mis manos como de simio.
(Para ti Gibrán. SOV)